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50 de los grandes

50 de los grandes

César Indiano

Los hijos de la gran puta diputados de este incorregible país gobernado por saqueadores, se recetaron 50 de los grandes en un abrir y cerrar de ojos, claro – estos sí están en clase y saben por dónde van los balazos – uno parpadea y todos ellos levantan la manota de forma unánime para aprobar las obscenidades de un congreso que existe única y exclusivamente para tramitar con guante fino, las brutales codicias de todos los burros parlanchines que hicieron de la politiquería “un lindo modo de vida”. Qué chistosos se ven con esas corbatas mientras debaten boberías y se arengan entre sí como en una nave de locos que va a la deriva. Me hacen recordar una famosa pintura de Jerónimo Bosco.

Todos son judicialmente ruines pues las decisiones que toman – cuando se trata de dinero para sus bolsillos – ni se debaten ni se argumentan ni se codifican ni se cuestionan ni se reglamentan ni se demoran. Estas leyes pasan el pazcón sin tocar tablita y hasta los más bulliciosos se hacen los chanchitos cuando se trata de ratificar disposiciones que duplican la bicoca personal. Hubo una vieja ordinaria que llegó a la procacidad de decir que había firmado el decreto sin saber. Los niveles de burla y ofensa ya rebasaron todos los límites aceptables…

En la vida real – es decir – en esa dura vida que consiste en madrugar, romper la tierra, rajar la piedra, acarrear las vacas, regar pesticida, cortar la caña, amontonar leña, encender los hornos, embalar productos, abrir la tienda y joderse el lomo, no existe ninguna posibilidad de subir salarios en un 100%. La pobre gente que trabaja en la fragua, en el llano o en la fábrica, va un paso a la vez y echa callos hasta en los codos para conseguir cada centavo. Conozco un obrero que trabajó 31 años en una fábrica y en todo ese tiempo su sueldo evolucionó de 485 a 11,220 lempiras. Me contó su historia desde una silla de ruedas pues se deshizo los meniscos por haber permanecido 31 años de pie.

En la vida real, la gente recicla el bagazo, recoge las monedas, espera la cosecha, ahorra gasolina, labora doble jornada, cuida las fugas y evita el desperdicio porque si no fuera así no existiría ninguna probabilidad de mantener con vida el taller, la tienda o el chinamo. Desde luego, no es lo mismo generarse un salario con sudor de bestia que sólo agarrarlo, quitarlo o sacarlo de las arcas públicas. Qué cosas, sólo en la cómoda vida de un politiquero secuaz, los salarios crecen por decreto y las ganancias se incrementan por mandato.
Toda burocracia es dos cosas a la vez, cómica y ladrona. Pero el extracto de la ordinariez cuando hablamos de burocracias en un país hundido, son los diputados. Los hay desde los más risibles hasta los más petulantes, se agrupan en bancadas con poses de pandilleros mientras trafican votos, coimas, maldades y arreglos bajo el curul.

Los grandes hijos de puta adoptan poses solemnes y discursean sobre pobreza, justicia, legislación, filosofía y desarrollo y aunque nadie escucha a nadie, cada uno sabe de qué va su teatro porque a la hora del banquete todos se reparten con la cuchara grande los raquíticos dineros de la nación que arruinan.
Unos van a morir dentro de la cámara y van a cobrar cheques torcidos hasta que los metan en un sarcófago, otros ya perdieron las destrezas para auto sostenerse con un trabajo verdadero y se volvieron oficialmente parásitos del presupuesto, otros son híbridos del moje estatal porque cobran un cheque rojo por la mañana y otro azul por la tarde. (Cuando se puede, cobran cheques grises por la noche).
Están los calladitos, los calculadores, los lleva y trae, los queda bien, los alborotadores, los orondos, los que citan La Biblia y los que declaman poemas de Amado Nervo.

Están los marxistoides y los esquizoides. Están las novatas divas analfabetas y las brujas de oficio, las uñudas y las maquilladas. Pero en torno a ellos, en el traspatio del gran circo legislativo, opera una gigantesca administración gubernamental que se triplica en oficiantes, cabilderos, paracaidistas, mandaderos y tramoyistas y todos cobran puntualmente un salario magistral. Esto es como pedirle a un viejo caballo esquelético que jale con fuerza un buque oxidado.

Curiosamente y al otro lado de esta bestial ironía, todos los tontos y todos los esclavos que trabajamos para reunir los salarios de estos delincuentes, “debemos cumplir al pie de la letra las doctas e ilustres leyes” redactadas por unos hijos de puta que no saben escribir correctamente ni tan siquiera su nombre… Porque encima de todo, tienen nombre.

Publicado elUncategorized

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